Un lugarcete desde el cual el hombre pueda codearse con lo más alto de la literatura universal. Esto sí que es empezar de abajo.

martes, 14 de febrero de 2012

Quiero una chica que me quiera

Sobre la agonía del día y el amanecer de la noche de aquel sábado bisagra del mes de febrero de 2000, Carlos enfilaba con su motoneta por la avenida San Martín. Recién bañado, vestía una chomba a rayas rojas y blancas, una bermuda que le so­braba por debajo de las rodillas y unas zapatillas claras inmaculadas. En la cabeza, una gorra echada hacia atrás. El ronroneo de su vehículo de baja cilindrada le impri­mía unas fogosas ganas de pegar “nami”. No quería volver a casa vencido. No otra vez, como a lo largo de los últimos diez meses. Desde Juanita, que se había subido a la moto en abril, (sólo porque era nueva y le gustaba la marca, dejando un piquito de compromiso nomás); ningún otro tesoro femenino había tenido la decencia, amabilidad o dicha de posarse en ese vacío asiento detrás de Carlos. Abrazarlo siquiera, salu­darlo ante el bocinazo. Nada de nada.
La sequía debía cortarse ese sábado. El presentimiento estaba. La vestimenta también. La motito era una flecha. Estrenaba caño de escape, que se le había roto tres días antes, por agarrar mal un pozo. Horas de esfuerzo hicieron posible la nueva pre­sencia estelar de ese tubo gris metálico, orgullo de Carlos. Porque hoy se le tenía que dar. Cortaba la racha, al fin.
Por tímido, y a diferencia de sus compañeros, el pibe carecía de fijas. En la es­cuela andaba todo el tiempo callado, estudioso; poco amable con las chicas. Tenía un no sé qué que no le dejaba desenvolverse. Se mentía diciéndose que solo se estaba mejor, que las mujeres son unas boludas, que hablan de pelotudeces y que a mí no me interesan. Sin embargo, se hallaba aquel sábado dando vueltas con su moto espe­cialmente arreglada para la ocasión, con sus mejores ropas, buscando femeninas.
La caravana que se formaba alrededor de la plaza le impedía alcanzar una ve­locidad mayor a los quince kilómetros por hora. Muchas bicicletas, autos y motos, como la suya o superiores, desfilaban ante una plaza bastante poblada. La gente se congregaba alrededor de la feria de la Iglesia, de las mesas de ajedrez o de algún auto que fuese novedad. Los jóvenes se agolpaban frente a la casa de video juegos, fasci­nados por los tickets que entregaba, los cuales finalmente serían canjeados por golo­sinas como las de cualquier quiosco. Algunos adolescentes tomaban cerveza de la botella, echados sobre el monumento a Belgrano. Los otros, dormían la siesta. Las chicas que Carlos había ido a buscar andaban por los alrededores, mirando negocios, vestidos o tomando mate. Paseaban a sus sobrinos o caminaban en grupos. Pero nin­guna se quedaba quieta.
Eso alteraba a Carlos, porque tenía que estar alerta todo el tiempo. Con objeti­vos dispares y en movimiento se le complicaba más aún. No podía apuntar con tran­quilidad. A pesar de ello, ya tenía fichadas a dos. Una morocha, prima de un compa­ñero apellidado Páez y una medio castaña, Ariel, amiga de una amiga del cuñado del novio de su hermano. Entonces, cuando se las cruzaba, les mandaba un vistazo. De las cinco pasadas que dio, sólo en una logró conectar con Ariel, y no hubo caso. Ella no se afectó. Ni un rubor, ni una sonrisa, ni un levantamiento de cejas. Cero. Según su manual, la respuesta de la mujer resultaba imprescindible para continuar con el si­guiente paso, el acercamiento personal. Luego llegarían las palabras, clasificadas en tres etapas de acuerdo a su nivel de afinidad y así y así. Un manual comprado en Salta en algunas vacaciones, de editorial búlgara. Confiable para Carlos.
Frustrado, aminoró la marcha, subió a la vereda, frenó. Encadenó la moto co­ntra un poste y se sentó en uno de los pocos bancos libres que los ancianos dejaban. Miró la hora: ocho y media. A las nueve tenía que estar en casa. Mamá había prepa­rado ñoquis del veintinueve. Él no pensaba perdérselos. Ni por todas las minas del mundo. Bah, no sé si por tanto. Pasa que los ñoquis le gustaban tanto.
-              Me gusta tu moto – le espetó, de repente, una voz extraña, dulce y angelical.
Carlos viró su cabeza y se encontró con el rostro más bello, iluminado y per­fecto que en su vida había observado. Esos ojos verdes, la nariz respingada pero fi­nita, labios rojos y de suave contextura. Una sonrisa apenas esbozada. El cabello castaño, que le rozaba los hombros. Era ella. Su correspondida. Su presunción no había fallado.
Se vio ante la responsabilidad de contestar. No debía dejarla con las palabras en el aire.
-              Sí. A mí también – palabras más estúpidas no pudieron ocurrír­sele. Tuvo que corregir sobre la marcha. – Gracias, igual.
Igual. ¿Por qué igual? Era como aceptar un cumplido. Y no era eso, la chica se le acercaba porque quería algo de él. Carlos tenía que pensar.
La chica sonrió nuevamente. Bajó la vista hacia el suelo mientras con los pies dibujaba un círculo.
Carlos se paró.
Inmediatamente, lo insospechado sucedió.
La tierra se abrió en el lugar en que se encontraba la chica y una mano hue­suda y verde la tomó por el tobillo, arrojándola hacia las profundidades del infierno. Ella gritó, pero el sonido se perdió rápidamente dentro de la cavidad. Al instante, diez cuerpos se asomaron por la abertura. Estaban bien vestidos, pero en un estado de descomposición avanzado. Algunos eran esqueleto solamente.
Atacaron a toda persona que encontraron en su camino. Las estrangulaban o empujaban hacia los grandes cráteres que se formaban sobre la tierra. Algunos tenían armas. Bayonetas, ametralladoras o rifles. Los más modernos, pistolas automáticas. Asesinaron a mansalva. El pueblo amaneció aquel domingo desierto.
Carlos, en medio de la gresca, logró llegar hasta su moto. En el camino, golpeó a dos muertos que lo vinieron a agredir. La puso en marcha, tomó impulso y se arrojó hacia el mismo lugar en el que había caído la chica. No soportaría volver a su casa como perdedor nuevamente.       

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